lunes, 15 de febrero de 2010

Leyendo una entrada antigua de uno de mis múltiples intentos de llevar un diario, descubro que, carajo, ¡sí que estaba deprimido hace un tiempo! Quería divorciarme del mundo sin desprenderme del todo de él. El arte me parecía el único refugio que valía la pena habitar, y mi mayor deseo era tener la conciencia lo suficientemente fuerte como para lograrlo. Eso, claro, es imposible. Por ejemplo, a veces a uno le entran ganas de ver comedias gringas, y si se es tan obsesivo como yo, termina viendo muchas. En las últimas dos semanas he visto:

The 40-year-old virgin ("Virgen a los 40")

Talladega nights: The ballad of Ricky Bobby ("Pasado de vueltas")

Jay and Silent Bob strike back! ("Jay y el Silencioso Bob contraatacan")

Knocked up ("Lío embarazoso" o "Ligeramente embarazada")

Pinapple Express ("Superfumados" o "Piña Express")

Zack and Miri make a porno ("¿Hacemos una porno?")

Superbad ("Supercool")

Fanboys (sólo por los cameos; por cierto, that movie sucked balls)

I love you, man (sólo por Rashida Jones, esa mujer es fucking gorgeous)

Step brothers ("Hermanos por pelotas" [de lejos mi traducción favorita])

Funny people ("Hazme reír")

Walk Hard: The Dewey Cox Story ("Dewey Cox: una vida larga y dura" [nótese el innuendo en el título])

Blades of glory ("Patinazo a la gloria")


Y como cuarenta minutos de Anchorman, que debe ser la película más mala que haya visto en mi vida. ¡Más de diez películas del género, por Dios! Acaso siga aún deprimido. Pero uno no puede vivir en el arte todo el tiempo, ¿verdad?

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