martes, 16 de febrero de 2016

Apuntes de una lectura de Proust (4): Amor, obsesión y arte en "Por el camino de Swann"


Amor, obsesión y arte

¡Qué título! Me dispongo a hablar del amor en "Por el camino de Swann". Esta vez voy a comenzar con una cita:
(...) creer que una persona participa de una vida incógnita cuyas puertas nos abriría su cariño, es todo lo que exige el amor para brotar, lo que más estima y aquello por lo que cede todo lo demás (Swann 125).
Leyendo a Proust uno se (mal)acostumbra a encontrar frases como ésta, que, como si de una fórmula física se tratase, resumen todo un universo de acción narrativa y de reflexión en una sola y nítida aseveración. Estilo proustiano, ello de compaginar reflexiones de oraciones largas con breves aforismos en que esas reflexiones cristalizan, y ubicándolas en el texto no como corolario de éstas, sino de manera casi inopinada, como quien deja caer, desinteresadamente, una joya al pasar.

Creo que el concepto de enamoramiento en Proust bien podría resumirse en esta única cita. La sensualidad es obra de la imaginación; la atracción se genera, más que hacia un cuerpo, hacia una otredad, otredad que es al mismo tiempo una promesa. Promesa, entonces, que está fuera de uno, y que nos genera la necesidad de movernos en dirección a ella, para alcanzarla; esto es, deseo. Dentro de los límites de nuestra imaginación, un elemento de la realidad destaca como el centinela que guarda las llaves de un reino nuevo, inaccesible para nosotros, reino que se nos aparece como preñado de gozos desconocidos. El reconocimiento que hacemos de la condición extraordinaria de este elemento (una mujer, un libro, una pieza musical) lo transforma en objeto amado u objeto de deseo. 

Podríamos pensar en el amor proustiano como un acto de escritura sobre uno o varios cuerpos. Un acto intrínsecamente discursivo. Podríamos asimismo darle la vuelta a la idea y pensar en el ser humano como contenedor o materia prima de un número finito de gestos entre los cuales podemos contar el amor (de acuerdo a la idea de Milan Kundera en La inmortalidad (1)), ya que el discurso de que está hecho no cambia realmente ni en el tiempo ni entre los cuerpos en que se encarna.

Ahora bien, ¿qué se oculta detrás de las puertas de ese reino desconocido? Una realidad en verdad innombrable. ¿La verdad, el bien, la completitud (2)? Es una realidad indefinida, hecha del mismo material que aquello que nos llama detrás de los presentimientos que sentimos frente al arte.

¿La felicidad? No. Ciertamente que no. Angustia, sí. Desesperación, sí. Obsesión, sí. Inclusive: pulsión de muerte.

Como si de una ópera se tratase, el episodio del beso de la madre del narrador sirve como obertura wagneriana (3) a los amores de Swann y del mismo narrador. Resulta claro que, a pesar de la distancia temporal y de personajes en las dos historias principales que se cuentan en este primer tomo (la de la infancia del narrador en Combray y París, por un lado, y por el otro el enamoramiento de Swann por Odette, ocurrido unos veinte años antes), "Por el camino de Swann" constituye una unidad articulada por varias ideas que recorren todo el libro. Creo que las principales ideas o conceptos son tres, tan persistentes que pareciera que los personajes y situaciones fueran solo manifestaciones en el tiempo y el espacio narrativos de ellas: 1) la realidad trascendente que se oculta en forma simbólica en la experiencia vital del mundo; 2) el amor como deseo de trascendencia y experiencia intrínsecamente dolorosa; 3) el mundo como escindido en clases sociales en pugna, suspendidos en tensión una frente a otra, a modo heraclíteo. Estas tres líneas no corren en paralelo: se intersectan una y otra vez, y muchas veces es necesario explicar una mediante la otra. Tomemos como ejemplo de ello el amor que siente el narrador por Gilberta (Gilberte) Swann. El origen del amor a Gilberta debe rastrearse en la conversación que tiene Charles Swann con el narrador cuando todavía acudía a visitar a su familia a la casa de Combray, en la que éste último se entera de que Bergotte es viejo amigo de la familia Swann y por tanto íntimo de Gilberta. La admiración que siente el narrador por la obra de Bergotte espolea su imaginación a rodear la vida de Gilberta de unos gozos que pertenecen al contexto de la lectura de esta obra. El misterio de su prosa, que se describe como un tanto arcaica pero sublime, se traslada a la imagen de Gilberta, e inmediatamente la distancia que separa aún al narrador de ella, a quien todavía no ha siquiera visto, le provoca angustia y desazón. Este misterio no es otro que el presentido detrás de los 'earthly symbols' de la experiencia vital: amor y búsqueda de la verdad constituyen un único movimiento dirigido hacia aquella realidad ideal y trascendente, escondida en este mundo. Poco más adelante, cuando llegue a conocerla en las partidas de justicias y ladrones que se juegan en los Campos Elíseos, el discurso amoroso que nació como hijo del gozo estético producido por la lectura de Bergotte se escribirá sobre el cuerpo de la hija de Swann, cristalizando con ello en el enamoramiento que luego devendrá angustia y dolor.

El rasgo de "arcaico" o "arcaizante" de la prosa de Bergotte nos da pie a hablar de la fascinación que siente el narrador por la aristocracia, situación que nos sirve como segundo ejemplo de la intersección de las ideas que anoté arriba. Sobre las fuentes del episodio de la visita de la Princesa de Guermantes a Combray, anota Painter:
(...) to ensure that Marcel, in his childhood at Illiers, should see the French nobility as living symbols of a mediaeval past, miraculous survivors of a glowing window in a gothic church and the nursery-tales flashed in green and scarlet on his bedroom wall (Painter 42)
La arquitectura gótica descrita en la obra de Bergotte y su estilo arcaico, los vitrales de la iglesia de San Hilario en Combray, la lámpara de Genoveva de Brabante en el cuarto del narrador y el linaje de los miembros de la aristocracia francesa (particularmente los Guermantes) son todos una misma cosa: el símbolo de un pasado medieval que se asocia con un mundo de mitos y leyendas, el mundo literario a través del cual, una vez más, se manifiesta la verdad del mundo trascedente. Me parece importante recordar la cita de Painter al abordar el tema de la admiración por la aristocracia francesa, ya que conviene recordar que el peso que tiene la aristocracia en el relato de Proust se funda en el significado particular que ella tiene para el narrador. Ello nos daría pie a hablar de las distinciones sociales que se hacen en la novela (la 'verdadera' elegancia de los nobles, contrapuesta a la hipocresía de los parvenu y de los ricos de clase media; las reuniones encumbradas, frente al cogollito de los Verdurin; la casi inexistente movilidad social, que hace parecer las castas a estamentos; etc.), pero ese no es realmente mi tema y no me interesa demasiado indagar en ello.

Más llama mi atención exponer cómo funciona el enamoramiento proustiano, cuyo origen tanto me he demorado en exponer. Debería regresar al episodio del beso de la madre, ya que mencioné que a mi parecer éste funcionaba como obertura de los enamoramientos que tienen lugar posteriormente en la novela. Rápidamente: siendo aún pequeño, el narrador tiene una suerte de pacto con su madre, que consiste en que ella, todas las noches, suba a su cuarto a despedirse de él dándole un beso de buenas noches. Este pacto se ve roto ocasionalmente; en Combray, se rompe siempre que llega a casa Swann de visita, ya que los padres deben servirle de anfitriones hasta pasada la hora de dormir del narrador. Entonces, la sola presencia de Swann llena de angustia al narrador, porque ya sabe, de antemano, que ese día deberá irse a dormir sin ese beso; es una angustia que roza la desesperación, y que obliga al narrador a ingeniárselas, incluso a riesgo de un castigo riguroso, para obtener ese beso a toda costa.

En el sentido que las visitas de Swann prefiguran la angustia amorosa que sentirá el narrador al enamorarse de Gilberta, y que la estructura del mismo, que se nos expone mediante los amores de Odette y Swann, se traslada posteriormente a los de Gilberta y el narrador, la traducción del título en "Por el camino de Swann" es acertada al expresar a cabalidad la intención de Proust de hacer funcionar a Swann como enamorado modelo, y sus amores como "camino" que ha de recorrer el narrador una vez que crezca.

El amor de Swann por Odette surge con el reconocimiento que hace él en el rostro de Odette de características similares a las de una modelo de un fresco de Botticelli. En cierto modo, ello la da "legitimidad" a una belleza que, sin este parecido, sería ordinaria o inclusive no llegaría a ser tal. Sólo tras este reconocimiento Swann puede admirar a Odette como una mujer bella; puede comenzar a desearla. A pesar de ello, creo que el punto crucial para que esta admiración se convierta en enamoramiento es el de la aparición e incorporación a su amor del pasaje de la sonata de Vinteuil. Es esta pieza la que, al unirse a la belleza de Odette, inspira a Swann ese presentimiento que tanto hemos discutido, la promesa de acceso a una realidad trascendente:
...Swann descubrió en el recuerdo de la frase aquélla, en otras sonatas que pidió que le tocaran para ver si daba con ella, la presencia de una de esas realidades invisibles en las que ya no creía, pero que, como si la música tuviera una especie de influencia electiva sobre su sequedad moral, le atraían de nuevo con deseo y casi con fuerzas de consagrar a ella su vida (Swann 254)
Adicionalmente, ésta tiene el efecto en Swann de recordarle su pasión juvenil por el arte, abandonada hoy por la vida estéril que lleva de fiesta en fiesta. Botticelli y Vinteuil construyen en el amor por Odette aquella "vida incógnita" de la que habla Proust en la primera cita, sientan sus bases; en ellos éste cristaliza. En el caso del narrador, esta posición la ocupa Bergotte, pero esto ya lo discutimos líneas arriba. Podemos observar que los amores de ambos requieren el aliento de la conmoción artística para madurar.

Y ambos, asimismo, recorren el mismo sendero de dolor y desembocan en un final por alejamiento. Swann sufre por los secretos que le guarda Odette: conoce su fama de cocotte (se dice de ella que es mujer fácil, que se ha acostado con mujeres, que se prostituye), vislumbra las contradicciones en que incurre cuando le miente, ¡hasta le llegan a mandar una carta anónima con una lista de todos los amantes que Odette ha tenido recientemente!, pero todo ello no tiene el poder suficiente de convencer a Swann de su realidad, de transformar la imagen que él tiene de Odette como mujer dulce, ingenua y bienintencionada, en la que, hacia el final del relato, encarna: la de una mujer egoísta, cruel, mentirosa, codiciosa, irresponsable. Sin embargo, como la realidad es tan obvia y se manifiesta reiteradamente en las narices de Swann, éste sufre a fuerza de imaginar la vida para él secreta que hace Odette cuando no está a su lado, y lamenta no poder poseer, a cabalidad y en todas sus circunstancias, a la persona que ama:
De todas las maneras de producirse el amor y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado, uno de los más eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por entonces goza de nuestra simpatía se convertirá en el ser amado. Ni siquiera es menester que nos guste tanto o más que otros. Lo que se necesitaba es que nuestra inclinación hacia él se transformara en exclusiva. Y esa condición se realiza cuando -al echarle de menos- en nosotros sentimos, no ya el deseo de buscar los placeres que su trato nos proporciona, sino la necesidad ansiosa que tiene por objeto el ser mismo, una necesidad absurda que por las leyes de este mundo es imposible de satisfacer y difícil de curar: la necesidad insensata y dolorosa de poseer a esa persona (Swann 277)
Pero como Swann ha asistido, a modo de Daniel A. Carrión al inocularse la verruga, al espectáculo del origen y desarrollo de su amor, su angustia no sólo reside los celos que incendian su imaginación, sino también en lo que él reconocería como cura potencial para su mal:
(...) dudaba mucho Swann que lo que así echaba de menos fuera una paz, una calma que quizá no serían atmósfera muy favorable a su amor. Cuando Odette dejara de ser para él una criatura siempre ausente, deseada, imaginaria; cuando el sentimiento que Odette le inspiraba no fuese ya del mismo linaje de la misteriosa inquietud que le causaba la frase de la sonata, sino afecto y reconocimiento; cuando se crearan entre ellos lazos normales que acabaran con su locura y su tristeza, entonces los actos de la vida de Odette ya le parecería de escaso interés en sí mismos (...) Juzgaba su enfermedad con la misma sagacidad que si se le hubiera inoculado para estudiarla, y se decía que una vez curado, todos los actos de Odette le serían indiferentes. Y desde el fondo de su mórbido estado temía, en realidad, tanto como la muerte semejante curación, porque habría sido, en efecto, la muerte de todo lo que él era en ese momento (Swann 355)
Es destacable el lenguaje casi médico con que Proust juega al hablar del enamoramiento, al que se juzga como "enfermedad", con su lista definida de síntomas, al enamorado como enfermo en un "mórbido estado", y al desenamoramiento como "curación"; recordemos que el padre de Marcel, Adrien Proust, fue un doctor laureado y famoso por el cordón sanitario que creó para contener el avance del cólera.

Esta angustia que experimenta Swann, que le lleva a torturarse a sí mismo imaginándose las infidelidades de Odette, tramando para conseguir invitación a las fiestas a que ella acude sin él, fatigando a Charlus para que le sirva de chaperón, arreglándoselas para que otros amigos en común le cuenten qué hizo Odette tal y cuál día, además de la contemplación de su propio estado y las posibilidades que tiene éste de mutar, sea hacia el empeoramiento o hacia la paz de la indiferencia, lo tiene tan exhausto, que hace que fantasee con aquellos dos escenarios en que el fin de su mal estaría fuera de sus manos: la muerte de Odette o su propia muerte:
Tan cruel le era aquella necesidad de una actividad sin tregua, sin variedad, sin resultados, que un día, al verse un bulto en el vientre, sintió una gran alegría pensando que quizá era un tumor mortal y que ya no tendría que ocuparse de nada, porque la enfermedad le gobernaría, le tomaría por juguete hasta que llegara el próximo final de todo. Y, en efecto, si en aquella época se le ocurrió muchas veces desear la muerte, más que por huir de sus penas, era por escapar a la monotonía de sus esfuerzos (Swann 375)
La vida y acciones de Odette han ocupado toda la vida de Swann, se han convertido para él en una terrible obsesión de la que no puede escapar. Su final ocurre casi por casualidad. Ya lo mencioné en el resumen: Odette viaja por varios meses con los Verdurin, y esta distancia que la separa de Swann le da a él fuerzas para acudir, después de mucho tiempo, a una reunión ofrecida por una aristócrata, en la cual una interpretación inesperada de la sonata de Vinteuil le hace reconocer el estado tan triste en que se encuentra, el cambio de las actitudes de Odette desde el principio de sus relaciones y la necedad con que había querido cegarse ante sus infidelidades. Entonces reúne ánimos y emprende viaje a Combray. Los eventos posteriores, que nos enteran del matrimonio de Swann con Odette, nos hacen pensar que esa paz de espíritu era necesaria para que Swann fuera capaz de casarse con la de Crécy.

Anotaré rápidamente que el mismo esquema se repite en el relato más breve del amor del narrador por Gilberta. Allí vemos de nuevo, como si de la repetición de un motivo musical se tratase, la angustia del narrador por la vida desconocida que lleva Gilberta cuando no está con él en los Campos Elíseos: la vida que hace en casa de su madre, en la de sus amigas, cuando sale a hacer las compras, cuando sale con Bergotte. No son celos los que experimenta el narrador, pero su angustia, sí, es del mismo cariz, quiero decir: originada en la misma circunstancia de ignorar una parcela de la vida de la amada, y hecha del deseo tenaz de ocupar todas sus regiones. Las ausencias de Gilberta, como las de su madre para Swann, son motivo de mucho sufrimiento para el narrador. Finalmente, el término de sus amores es similar al del relato de Swann: se da cuando Gilberta, por una serie de compromisos a los que debe asistir, le confía al narrador que no volverá por mucho tiempo a jugar a los Campos Elíseos.

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(1) "Y es que el gesto no puede ser considerado como una expresión del individuo, como una creación suya (porque no hay individuo que sea capaz de crear un gesto totalmente original y que sólo a él le corresponda), ni siquiera puede ser considerado como su instrumento; por el contrario, son más bien los gestos los que nos utilizan como sus instrumentos, sus portadores, sus encarnaciones". Milan Kundera. La inmortalidad. Traducción de Fernando de Valenzuela. Barcelona: Tusquets Editores, 1990, pág. 16 (original publicado en 1989).

(2) Esto de la completitud me hace recordar la suerte de teoría del amor que elabora Leopoldo Marechal en Adán Buenosayres. En esta teoría, el sujeto, identificado como el alma, nace con la convicción de que está completa y es autosuficiente y no requiere, por tanto, salir de sí misma para nada. Al percatarse de la existencia de una realidad exterior (el Otro), vuelca su mirada hacia sí misma y cae en la cuenta de que está incompleta. Desde entonces el movimiento vital que ejerce esta alma es la de acercarse a aquella que le mostró su condición de incompleta y en la que, presiente, puede restaurar su completitud primigenia. A aquel movimiento vital se le denomina amor.

(3) La obertura wagneriana tiene la particularidad de pretender sintetizar musicalmente el contenido de una ópera, no como podría esperarse, por ejemplo, de una obertura de Mozart, que sirve para abrir la acción musical. Compárese la obertura de Tristan und Isolde y la de Le nozze di Figaro.

jueves, 11 de febrero de 2016

Apuntes de una lectura de Proust (3): La búsqueda de la verdad en "Por el camino de Swann"

De antemano voy a tener que excusarme por dos cosas: una, la desprolijidad de los comentarios que, incluso antes de anotarlos, sé que estará inevitablemente presente en ellos, y dos, la muy probable obviedad de los mismos, de seguro comentados ya tantas veces y de mejor forma por los numerosos estudiosos de Proust, a quienes, por falta de tiempo y recursos, no he podido aún consultar (queda como tarea pendiente).

Al citar "Por el camino de Swann" anotaré Swann, seguido del número de la página del libro. Reitero que la edición que utilizo es la de Alianza Editorial de 1966, en traducción de Pedro Salinas. Para las citas de la autobiografía de Painter escribiré Painter, seguido de la página del libro. La edición es de Random House de 1987, en original inglés.

La búsqueda de la verdad

La escena más conocida de toda la obra proustiana es sin duda la de la magdalena: el narrador prueba un pedazo de magdalena humedecida en su cucharita de té y de repente todos los recuerdos de su vida vienen a él. Constituye el punto de arranque de la novela, el evento crucial que enciende el motor generador de la historia.

En realidad, la descripción que he dado es inexacta. La magdalena sirve como excusa, o mejor dicho, como experiencia insustancial en sí misma ("Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él [la magdalena], sino en mí" (Swann 61)) que no libera una serie de recuerdos encerrados, sino que introduce en el narrador el deseo, la necesidad, de realizar una búsqueda. Los recuerdos no llegan por sí mismos. No es un encuentro afortunado y gratuito de un tesoro escondido. El placer que da al narrador el saborear la magdalena, que inmediatamente relaciona con su vida de conciencia más temprana en Combray, le revela una verdad escondida en su experiencia que el narrador debe esforzarse en desentrañar de la múltiple y larguísima serie de eventos vividos a lo largo de sus años. Se trata de la revelación epifánica de aquella angustia que no le permite conciliar con facilidad el sueño, cuyo síntoma se manifiesta en forma del fantasma de las habitaciones que se le presentan sucesivamente a la hora de dormir. Se trata, en fin, de la necesidad de realizar una búsqueda activa, y no de una rememoración pasiva, a modo de autobiografía vertida en el mero relato de los eventos vividos.

De la misma manera, la Recherche constituye para Proust el esfuerzo por hallar, en los eventos vividos en su experiencia, la verdad y significado de su vida, y, de manera más ambiciosa, aquella Verdad platónica manifestada en ella.

En esta línea de pensamiento creo conveniente citar el prólogo de Painter a su autobiografía:
À la Recherche turns out to be not only based entirely on his own experiences [las de Proust]: it is intended to be the symbolic story of his life (...) it was his task to select, telescope and transmute the facts so that their universal significance should be revealed (...) His purpose in so doing was not to falsify reality, but, on the contrary, to induce it to reveal the truths it so successfully hides in this world. Behind the diversity of the originals is an underlying unity, the quality which, he felt, they had in common, the Platonic ideal of which they were the obscure earthly symbols. He fused each group of particular cases into a complex, universal whole, and so disengaged the truth about the poetry of places, or love and jealousy, or the nature of duchesses, and, most of all, the meaning of the mystery of his own life. (Painter, xix)
Creo que estamos en la posición de afirmar, entonces, que la concepción y finalidad de la actividad artística para Proust es la búsqueda de la Verdad, en el sentido platónico de la palabra. Un ideal de Verdad que se manifiesta en la conmoción sufrida por espectador/lector de la obra de arte ("catarsis", en términos aristotélicos) y en el acto de creación artística (escritura).

Ahora bien, nos es dado encontrar este sentido revelador del arte en los personajes de Proust, más precisamente en los dos protagonistas de este primer tomo: el narrador y Charles Swann. Para el narrador, hipersensible a la belleza del arte y de la naturaleza, son numerosas las ocasiones que siente el pálpito de aquella verdad misteriosa inmanente a sus conmociones: somos testigos de ello en sus paseos por el lado de Méséglise, ante la belleza de los espinos rosados que tanto le afectan; en sus lecturas, particularmente en la de la obra de Bergotte ("a mí que no les pedía [a los buenos versos] nada menos que la revelación de la verdad" (Swann 114)); y más claramente en la escena de los campanarios a la hora del ocaso que observa en un paseo que realiza con su padre por Martinville, que tal conmoción le causan que le obligan a escribir en el momento unas líneas para sacarse de sí mismo aquello que su visión le revelaba. En la historia de los amores de Swann, la impresión artística que le revela a éste esa verdad oculta tras los velos de la realidad se la da la sonata de Vinteuil. Ella tiene un doble efecto en su relato: uno, el de plasmar en clave trascendente el amor que siente por Odette (ya mencioné en un post anterior cómo un pasaje de la sonata de Vinteuil se fija como leit motiv o 'soundtrack' de sus relaciones), y dos, el de revelarle, al final de su relato, su condición patética y miserable tras el cambio de Odette, el cual sólo en ese momento aparece ante Swann en toda la extensión de su crueldad. Es en este pasaje donde Proust, en mi opinión, describe de manera más clara el poder revelador del arte:
Así que Swann no iba muy equivocado al creer que la frase de la sonata existía en realidad. Aunque, desde ese punto de vista, era humana, pertenecía a una clase de criaturas sobrenaturales que nunca hemos visto, pero que, sin embargo, reconocemos extáticos cuando algún explorador de lo invisible captura una de ellas y la trae de ese mundo divino donde le es dado penetrar para que brille unos momentos encima de nuestro mundo. Eso había hecho Vinteuil con la frasecita. Sentía Swann que el compositor se limitó con sus instrumentos de música a quitarla su velo, a hacerla visible... (Swann 413)
Esta visión del artista como "explorador de lo invisible" que "captura" la realidad trascendente y la hace "visible" en nuestro mundo, inteligible al espectador/lector, quien solo a través de la obra artística es capaz de acceder a la verdad, está emparentada con el concepto de las correspondances de Baudelaire, así como con la obra de su heredero Rimbaud ("fixer des vertiges", o "fijar vértigos", en Alchemie du verbe). Ojalá aún tuviera frescos los datos referentes a esta filiación, que me parece hereda Baudelaire del romanticismo alemán, el cual contempla el mundo como un 'bosque de símbolos'. Tampoco estoy seguro de que, así como en Proust, en Baudelaire se pueda hallar también la idea del ser humano como microcosmos, que es otro concepto claramente romántico. Es interesante notar las contradicciones que pueden surgir como producto de la amalgama de las diferentes fuentes proustianas. En la primera parte, a propósito de la descripción del cuarto en Combray donde pasó su infancia leyendo, Proust hace una suerte de epistemología de la lectura que comienza con el concepto de la imposibilidad del acceso al objeto en sí: "Cuando veía yo un objeto externo, la conciencia de que le estaba viendo flotaba entre él y yo, y le ceñía de una leve orla espiritual que no me dejaba llegar a tocar nunca directamente su materia" (Swann 106). Esta idea proviene de Kant y del idealismo alemán. Ahora bien, en la tercera parte de la novela, casi trescientas cincuenta páginas después, el narrador hace una afirmación que pareciera despojar de importancia al sujeto cognoscente: "Las cosas que me inspiraban curiosidad y avidez eran las que consideraba yo como más verdaderas que mi propio ser" (Swann 452). Parece decirnos el narrador que la realidad exterior capaz de conmovernos y transmitirnos una verdad (en este pasaje particular, las tempestades de Balbec) es más importante que el sujeto que la observa, precisamente porque ésta alberga una verdad, mientras que el sujeto no pertenece a ese mundo trascendente. Sin embargo, ¿cómo puede establecerse que la realidad exterior contiene una verdad posible de extraerse y al mismo tiempo afirmarse que aquella misma realidad no es por completo cognoscible, dada la inevitable intermediación de la conciencia? ¿Cómo pueden ser más verdaderas las cosas de ese mundo exterior que la propia conciencia que les da forma en la inteligencia? ¿No es capaz la conciencia de falsear la interpretación de aquellos objetos en los que cree hallar símbolos de la verdad? ¿Cómo reconciliar el concepto romántico del 'bosque de símbolos' con la idea kantiana de la imposibilidad del conocimiento de un objeto en sí mismo?

Finalmente, me gustaría anotar que hay una ética en Proust en relación a la búsqueda de la verdad. Llevarla a cabo no es fácil: vemos claudicar una y otra vez al narrador y a Swann ante sus manifestaciones, y si para Swann el acto de desentrañar esa verdad de la realidad visible es uno tan pesado que nunca llega a concretarlo (se nos habla numerosas veces de los desfallecimientos de su pensamiento, que descubre pero no finaliza el trabajo, nublándose y distrayéndose hasta olvidarse de él), para el narrador se vuelve obligación de su vocación de escritor, la cual es padecida como culpa cuando no puede finalizar la reflexión que le revele la verdad presentida.

Apuntes de una lectura de Proust (2): "Por el camino de Swann". Resumen.

El primer tomo de "En busca del tiempo perdido" (en adelante Recherche) comprende tres partes:

1. Primera parte: Combray, comprendida a su vez por una primera y segunda parte;
2. Segunda parte: Unos amores de Swann
3. Tercera parte: Nombres de tierras: El nombre

En líneas generales, creo que éstas pueden ser resumidas de la siguiente manera:

1. Combray:

Uno:

El protagonista, narrador no nombrado, discute los problemas que tiene para dormir y las diferentes sensaciones que experimenta al pasar de la vigilia al sueño y del sueño a la vigilia. Una de ellas es de confusión, pues a veces no reconoce inmediatamente, al comenzar a despertar, en qué habitación se encuentra, lo que le lleva a recordar las diferentes habitaciones en que ha dormido a lo largo de su vida. Una de ellas, la que habitó en Combray en su infancia cuando sus padres pasaban las vacaciones en casa de su tía Leoncia (Léonie), le lleva a recordar la vida que llevaba allí, la angustia que sentía por el beso que todas las noches le daba su madre y que, de cuando en cuando, se le negaba por la visita que recibía su familia a la hora de la cena por parte de Charles Swann, hijo de un viejo amigo de su abuelo.

De vuelta a lo que podríamos llamar el "presente" de la novela, el narrador relata una escena particular que le tocó vivir recientemente. A la hora de tomar el té se le ocurre remojar en la cucharita un pedazo de magdalena, lo cual le trae el recuerdo de las magdalenas húmedas de té que su tía Leoncia le daba cuando era niño: esta sensación es reveladora para él, y constituye el comienzo de la recapitulación de toda su vida, la búsqueda del significado y la verdad que subyacen a su experiencia.

Dos:

Relato de vida en Combray: se describe el pueblo, del que destaca la iglesia de San Hilario (Saint Hilaire) con su campanario; la personalidad hipocondríaca de la tía Leoncia, quien se rehúsa a salir de su habitación por la enfermedad que cree sufrir; la criada de casa, Francisca (Francoise), ignorante y de buen corazón, que encarna para el narrador la figura medieval del pueblerino con sus supersticiones, su fe religiosa y su pensamiento plano; finalmente, la vida que lleva su familia en Combray, hecha de almuerzos opíparos cortesía de Francisca y de paseos por los alrededores del pueblo, principalmente por los dos caminos que parten de la casa de la tía Leoncia: el lado de Méséglise, hecho de llanura llena de flores, y el lado de Guermantes, que bordea el río Vivonne. En una ocasión destacable, mientras la familia pasea por el lado de Méséglise, cercano a la casa que Swann tiene en Combray, el protagonista reconoce a su hija, Gilberta (Gilberte), con la que intercambia miradas. Asoman inmediatamente su madre, la señora de Swann, y un hombre a quien se identifica como el barón de Charlus; al llamado de su madre Gilberta obedece volviendo pronto a casa. Es el primer encuentro que tiene el protagonista con Gilberta Swann.

Además de todo ello, Proust ocupa muchas páginas describiendo la actividad favorita del narrador, la lectura. Sus pasiones en este momento de su vida se hallan en el teatro, al que todavía no ha tenido la oportunidad de asistir pero que le emociona con lo que ha oído decir de éste, particularmente de la actriz La Berma, y la obra de Bergotte.

Es preciso indicar que los paisajes, los personajes, la arquitectura del pueblo y hasta el acto de lectura son relatados desde las sensaciones que éstas le infunden al protagonista. Es importante, ya que creo que la Recherche es una obra tan particular precisamente porque constituye uno de los primeros y cruciales esfuerzos de la literatura del XX de narrar no desde la acción, esto es, creando una trama al modo aristotélico en que se resuelve el destino de sus protagonistas, sino la experiencia de la realidad desde la perspectiva de una persona, desde una conciencia específica.

2. Unos amores de Swann

Retrocedemos unas cuantas decenas de años a la vida que llevaba Charles Swann antes de casarse en París, alrededor de 1887. Swann, hijo de un notario acaudalado, vive una vida frívola que gasta en acudir a fiestas aristocráticas, a la que le es dado acceder, a pesar de su doble condición de burgués clasemediero y judío, por la elegancia de su conducta y su conversación ingeniosa. En alguna de las fiestas a las que acude le presentan a una señorita de fama un tanto turbia, Odette de Crécy. Odette se enamora de Swann y lo lleva como invitado a la tertulia de la que es fiel, la casa de los Verdurin. Los esposos Verdurin, incorregibles esnobs que guardan celosamente la asistencia de sus tertulianos, temerosos de que éstos vuelquen su atención a reuniones de mayor prestigio dadas por personas más linajudas que ellos, a quienes desdeñan como "pelmas", juzgan favorablemente a Swann cuando Odette se los presenta. Swann, que encuentra en las reuniones de los Verdurin la ocasión propicia para ver a Odette todos los días de manera casual, se incorpora como nuevo fiel a sus cenas.

El amor que experimenta por Odette sufre distintas etapas. En un primer momento, Swann se siente halagado y enternecido por la atención privilegiada que le ofrece Odette, a quien encuentra sin embargo no muy atractiva y poco inteligente. Odette le ruega cariñosamente verlo más seguido, que le permita visitarlo a su casa y que vaya a visitarla a ella a cualquier hora, cuando más le plazca. Swann accede de a pocos, sobre todo para contemplar en sí mismo los gozos de un enamoramiento nuevo. Se ven muy seguido, especialmente en las reuniones de los Verdurin.

En un segundo momento, su amor crece exponencialmente a causa de dos vivencias específicas. La primera: al reconocer en Odette rasgos similares a los de un fresco de Botticelli. Ello hace que Swann vea a Odette con otros ojos: no ya como la mujer de apariencia mundana y sin mayor atractivo, sino como modelo de belleza artística, digna de la atención de un maestro como Botticelli. La segunda: una noche en casa de los Verdurin, el pianista invitado toca el adagio de una sonata escrita por un compositor francés contemporáneo, Vinteuil (a quien ya conocemos de la primera parte por ser vecino de la familia del narrador en Combray, muerto recientemente por las penas causadas por el lesbianismo de su hija). Esta conmueve sobremanera a Swann, causándole el efecto de revalorizar la importancia del arte en su vida. Al mismo tiempo, el pasaje de la sonata de Vinteuil queda grabada, para él y Odette y todos los tertulianos de Verdurin, como el leit motiv de sus amores, infundiéndolos de la impresión particular que causa en uno el impacto de una obra artística de valor.

A pesar del espacio que el amor por Odette va ocupando en su vida, Swann aún sale con otras mujeres. Un día que tarda demasiado compartiendo con una "obrerita" a quien veía antes de acudir a casa de los Verdurin, al llegar no encuentra a Odette, y sufre un acceso de angustia. Sólo cuando la atención de Odette le es arrebatada reconoce Swann cuánto depende de ella. La busca por varios restaurantes, hasta que da con ella por casualidad, cruzando una calle. Regresan juntos en su coche, y esa noche se acuestan por primera vez.

A partir de este momento se acaba la vida tranquila de Swann. Posa su atención sobre el tiempo que Odette no pasa con él, y teme, pues conoce de oídas la fama de mujer fácil que tiene de Crécy en París. A pesar de experimentar una angustia terrible por la posibilidad de que Odette lo engañe, no es capaz de reclamarle nada, pues no es más que su querido. Al mismo tiempo, Odette comienza a perder interés por Swann. Y es que ya no puede presumir de las cualidades de Swann, cuya discreción y timidez chocan directamente con las expectativas de los Verdurin, que esperan que todos sus fieles censuren y hasta insulten a los "pelmas" que, precisamente, constituyen el grupo en que Swann ha pasado gran parte de su vida. La actitud de Odette hacia Swann, que antes era de cariño y hasta súplica por su amor, se torna fría, tosca, hostil: llega al punto de hacerle sentir a Swann que debe agradecer y aprovechar los pocos momentos que ahora le permite pasar a su lado, pues puede que pronto se acaben. Miente abiertamente a Swann: sus mentiras se van revelando al lector y al enamorado conforme avanza el relato, y revelan el carácter egoísta y cruel de Odette de Crécy.

Una noche en que los Verdurin tienen como invitado al Conde de Forcheville, personaje hipócrita que no duda en calumniar a quien sea que reconozca que en la mesa se tiene como mal visto, Odette, insistida por la señora de Verdurin, regresa junto a ambos a su casa en coche aparte, rompiendo así la costumbre de Swann de acompañar a Odette a su casa luego de la tertulia. Swann reclama en presencia de los Verdurin, y ello hace que no lo vuelvan a invitar a su casa.

Puesto que Odette sigue acudiendo a las tertulias, Swann ya no puede verla con tanta facilidad. Sus encuentros se van espaciando cada vez más. A ello se suman los viajes a que acompaña a los Verdurin Odette, que privan de su presencia a Swann por varios meses. Swann siente tanta angustia, es tal su desesperación, que fantasea con su muerte o con la de Odette, ya que no encuentra otra manera de escapar de la que ahora se vuelto su obsesión, sintiéndose incapaz, como reconoce, de cortar él mismo estas relaciones.

Una noche, tranquilizado porque Charlus, su amigo, va a acompañar a Odette a una reunión, decide acudir a la fiesta dada por la Marquesa de Saint-Euverte. La orquesta toca esa noche la sonata de Vinteuil, y su escucha le revela a Swann, que se había negado hasta este punto a reconocer el cambio drástico en la actitud de Odette, cuán feliz había sido al inicio de sus amores y cuán patética es su situación actual. Poco después, los Verdurin se llevan a Odette de viaje por cerca de un año, y ello le da el tiempo y espacio necesarios a Swann para desprenderse de su obsesión; a ello se suma la calma que le transmite la esposa de Cottard al decirle cuán bien había hablado de él Odette en el viaje, cuando se encuentra con ella de casualidad en un ómnibus. Con más ánimo, Swann decide volver a Combray, en parte emocionado por perseguir a una muchacha que le ha llamado la atención, la señora de Cambremer, ex señorita Legrandin, de la que ha escuchado va a pasar una temporada allí.

3. Nombres de tierras: El nombre

Volvemos a la infancia del protagonista. El narrador fantasea con el próximo viaje que su familia realizará para Pascua de Resurrección: asegura que los nombres de los posibles destinos, Balbec y Venecia, en su misma materia sonora (significante, diríamos), guardan su esencia particular, la cual ha sido superpuesta en ellos por el narrador a partir de las noticias e imágenes que ha recibido de ellas. Así, se imagina a Balbec como una tierra de vientos huracanados y tempestades, con un mar furioso rompiendo contra los arrecifes, y a Venecia como escenario de perpetua primavera, hecha toda de oro. Es tan fuerte su deseo de visitar estas tierras que excitan su imaginación que termina enfermándose, ante lo cual el doctor de la familia le prohíbe hacer viajes en el futuro cercano.

Aprovechando los tiempos de solaz en París, el narrador pasea por los Campos Elíseos acompañado de Francisca, quien se ha incorporado como criada de la familia tras la muerte de la tía Leoncia. Hay un grupo de niños que juega todos los días allí, entre los que el narrador reconoce a Gilberta Swann. Puesto que para él Gilberta, por su amistad conocida con el escritor Bergotte, representa una realidad superior, literaria, donde tienen lugar una serie de eventos casi fantásticos (como los paseos de que él tiene noticia que hace Gilberta con Bergotte por catedrales y museos) que a él le están vedados, el narrador se acerca al grupo con suma timidez, hasta que un buen día es invitado a participar de sus juegos.

Conforme se va acercando a Gilberta, y en claro paralelo al relato de Swann, el narrador comienza a sufrir de angustia al no poder figurarse qué hace su amiga cuando no está con él. Los días en que Gilberta no puede acudir a jugar a los Campos Elíseos, a causa de una visita a la que debe acompañar a su madre o por ir a casa de una amiga, son de suma tristeza y casi desesperación del protagonista. El narrador sufre por no poder vislumbrar en su amiga la reciprocidad de su amor. En ello Proust describe una diferencia con el amor de Swann: el amor de un joven busca la reciprocidad de su objeto de deseo, mientras el amor de un hombre madura ya no se preocupa de esta reciprocidad, sino de las sensaciones que ocurren en su interior, llegando a disfrutar de su amor incluso cuando éste no contiene la promesa de ser correspondido. Un día, Gilberta le cuenta al narrador que ya no volverá por un buen tiempo a los Campos Elíseos, lo cual lleva a sufrir al protagonista hasta el borde de las lágrimas.

En esta parte se nos revela asimismo que la madre de Gilberta y la esposa de Swann no es otra que Odette de Crécy, a quien el narrador, cada vez que puede, persigue para contemplarla durante sus paseos periódicos en el Bosque de Bolonia. No se nos relata los eventos que condujeron a ambos a casarse. Por otra parte, durante varios pasajes de la novela se alude al mal matrimonio que hizo Swann, razón por la cual la familia del protagonista, entre otras personas, pierden el contacto con él.
La novela culmina con la reflexión del narrador maduro, de vuelta al tiempo "presente", sobre los cambios sufridos en el Bosque de Bolonia y sus visitantes (particularmente la moda y los automóviles), ahora menos lucidos y elegantes que en su juventud.

Apuntes de una lectura de Proust (1)

Me he tardado mucho en volver a escribir, a pesar de las intenciones que tenía hace unos meses. Creo poder asegurar que no fue parálisis o pereza, sino la circunstancia particular que me ha tocado vivir desde entonces, que en cierta medida está relacionada y al mismo tiempo no lo está con la muerte de mi mejor amigo. No es éste el sitio para discutir esto. Ni siquiera estoy seguro por qué me veo en la necesidad de justificarme.

Hace unas dos semanas comencé a releer el primer volumen de "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust, "Unos amores de Swann" (como ya es sabido, traducción cuestionable del título original "Du coté de chez Swann"), proponiéndome, por fin, leer los siete tomos. Es una obra a veces tediosa de leer, la cual sin embargo ofrece tal fuerza de reflexión, tales impactos de belleza, que de seguro hacen valer la pena el esfuerzo de sumergirse en ella. Tengo la impresión que parte de la dificultad proviene de la edición que he estado leyendo, la primera de Alianza Editorial de 1966, que compré en una librería de viejo hace unos años. La traducción estuvo a cargo de Pedro Salinas: si bien esto podría a primera vista dar confianza al lector por la reputación que tiene Salinas como poeta, su trabajo está lleno de arcaísmos (formas como "Echábase") y giros confusos del lenguaje (como por ejemplo, en frases como "la dijo", que no sé si sean válidas) que impiden una lectura fluida. Es necesario decir también que el estilo de Proust es notoriamente peculiar, con sus frases largas de varias líneas, lo cual no puede resultar tarea fácil para ningún traductor. Finalmente, vale la pena añadir que, por ser una primera edición, ésta posee algunos errores que no sé si hayan subsanado en ediciones posteriores.

Las entradas que me propongo hacer al respecto de la obra de Proust no pretenden ser un estudio académico riguroso, sino únicamente una ayuda, en primer lugar para mí mismo, para acometer su lectura. Siempre me he visto en la necesidad imperiosa de escribir sobre lo que quiero estudiar o analizar. Ya comenté con qué edición estoy trabajando; además de ésta, estoy leyendo paralelamente la biografía de George D. Painter, "Proust", cuyo primer tomo únicamente tengo en edición inglesa publicada en 1987 por Random House.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Dejar, digamos, el cinismo atrás. Perdona si de nada te sirve lo que te digo, si soy tan egoísta que solo hablo, pienso, digo cosas para mí mismo. Cuando me desmorono, me gusta que te des cuenta. Sales entonces persiguiéndome en la oscuridad, y eres tan, te ves tan. Pero es que no lo hecho para que tú y sin embargo allí, tout de suite, dans la obscurité. Y yo me doy cuenta de que soy tan inmaduro, tan engreído, pero allí mismo, justo cuando se asoman el asombro y la vergüenza ya está, que el artista, the ever popular tortured artist effect, que la vanidad, que la conducta peculiar y a aguantarse, yo que soy tan y me reconozco ante Izambard, tan enormidad en su castillo Bayreuth. ¿Y qué he hecho, sin embargo? Pero allí está, el latido. Lo aún-no-dicho-pero-presente. Y tú allí tan, pero yo en el otro extremo. ¿Qué ocurre en tu mundo en el que el arte es apenas una imagen en un muro, una página escrita en un libro cerrado, una canción mil veces repetida en las estaciones de radio? ¿En el mío? Es el relámpago.

Una página escrita en un libro abierto es igual de inútil. ¿Qué es si no apenas, cuándo es si no en su lectura? ¿Y qué mejor que cuando sale, se entromete en vidas ajenas, se vuelve carne y quizás cambio?

Es quizás lo que ahora parece: el gozo consumándose en la referencialidad. Volverse un homage. Disfrazarse de tragedia por puro aburrimiento. Es Madame Bovary. Es Catalina.

Es Catalina Bovary escribiendo cuentos sobre su bicicleta. ¡El último círculo del Dante quedó reservado para los soberbios!

Bravísima soberbia. Escupitajo sobre los epitafios. La literatura como un largo, enorme epitafio. ¿Pero epitafio para quién?

lunes, 18 de noviembre de 2013

Digamos que son líneas que se cruzan, o que pueden cruzarse.
Por ejemplo, Luca Prodan en la Inglaterra de los ochenta
y su llegada a las pampas argentinas.
¿A quién no le gustaría contar esa historia?
Podemos estar un rato en Londres,
detenernos en la vorágine de las fiestas,
pero el riesgo del lugar común es demasiado grande.
Podríamos mostrar, por ejemplo, al típico grupo de amigos,
las luces de colores,
y luego las agujas y la sensación de que no hay salida.
Pero todo eso es tan. ¿Para qué, ya?
Sin embargo, la idea de narrar al grupo de bohemios
me provoca somnolencia y hartazgo.
Pero allí está, ahí debe estar:
la amistad.
La amistad en la experiencia estética.
Digamos, la búsqueda de una expresión sintética.
Digamos, el grupo heterogéneo que se comunica con un lenguaje común.
¿Pero no es eso Rayuela, no es eso Adán?
Entonces vuelvo al inicio, a las primeras páginas,
y es otra vez Adán,
el mundo que se crea del caos,
otra vez Joyce,
el mundo que nace de la palabra mentada.
Luego pienso en la habitación del último piso
de los edificios gemelos de la Plaza Dos de Mayo,
y me digo Candy Darling, Velvet Undergound, Andy Warhol:
ya está.
Luego pienso en la historia de mi familia
y cuánto daño les haría relatándola.
Luego pienso en los símbolos,
el Viernes Santo,
la novela narrada por otro personaje,
lugares, formas, sensaciones,
Proust, Cervantes.
Digo carreteras y ya es Kerouac o Los detectives salvajes o hasta Lolita.
Digo terrorismo y ¿Roncagliolo? ¿Alonso Cueto?
o González Vigil asegurando que esa novela aún no se ha escrito
a pesar de los intentos innumerables. Pero
yo no voy a ser quien la escriba.
Quiero pensar en Charly García y David Lebón
escribiendo en Buzios las canciones
que tan mal se tomó la gente en su momento,
gente alguna que quizá desapareció,
gente quizás que acabó
como Maribel: flotando en el río.
Efectismo, me digo. Una ópera de Verdi
o un disco reciente de Fito Páez:
fórmulas.
Luego inevitablemente pienso en la novena de Beethoven
y me digo: imposible.
A veces me da por pensar en una novela happening,
una novela cantada,
"sugerida" si te pones pedante,
salir a la calle y cantar la novela en bares,
en cafetines,
y que quien quiera escuchar, que escuche.
Me tienta constantemente
la servilleta de Martín Adán.
Arte efímero, sin posibilidad
de tomarse nada en serio,
volutas de humo en el aire.
Una canción que se canta una sola vez
y que ya no se vuelve a cantar.
Quiero pensar en arquitectura,
quiero diagramar planos,
construir líneas temporales,
cruzarlas.
Pero todo es tan indefinido aún.
Sin embargo, lo que sí quiero
es un lenguaje llano,
no quiero exclamaciones desesperadas
ni escritura compadecida de sí misma
porque escribir es igual que cualquier cosa
porque no tiene nada de especial ni es nada digno de orgullo
ni algo que deba padecerse
(aunque a mí también por ahí me ha dado, es inevitable)
ni algo que deba mostrarse como el inválido
que muestra a los pasajeros el muñón por unas monedas.
Porque ¿qué mejor que consumirse
que arder en el fuego
caldeado de nuestras propias pasiones
si más allá en el mundo
fuera de la página en blanco
todo parece valer nada?

sábado, 16 de noviembre de 2013

La dichosa, proverbial página en blanco y los ojos que la miran.

Yo vine a indagar y a acometer resoluciones pero me encuentro con que todo ello ha quedado bien claro desde hace tiempo, y que lo único que puede decirse es que no he cumplido con nada de lo acordado. Palabras bonitas, promesas vacuas. La perspectiva del cambio de un sábado en la noche frente a la página en blanco -las perspectivas ilimitadas-, la esperanza torpe que le dan a uno unos cuantos tragos o la emoción de llegar de ver una estupenda obra de teatro o cerrar el libro que lo dejó lelo o eyacular después de masturbarse, la alegría de la belleza y la posibilidad de explorar lo que ésta puede ofrecer cuando se tiene frente a uno un tiempo que parece largo e ilimitado pero que puede contarse con exactitud (si son ahora las 11:30 pm, me quedan, exactamente, 25 horas y media antes de que vuelva a sonar mi despertador a las 6:00 am del lunes y tenga que nuevamente luchar para levantarme, meterme a la ducha, buscar trastabillando el bividí, los calzoncillos, las medias, luego el pantalón y la correa que ya va quedando chica y la camisa blanca, abotonarla de arriba abajo cuidando de no hacerlo a lo Cantinflas, ponerme los zapatos -sin pasadores, porque hasta para eso soy demasiado flojo-, pedir a Maura el desayuno, ir al baño, secarme el pelo, afeitarme, limpiarme los lentes, prender la tele en el canal ocho, guardar mi libro de turno en la mochila junto con el agua y los audífonos, tomarme el té con tostadas o pan con huevo o pan con salchicha o hasta una gaseosa con una pizza calentada que tengo guardada hace una semana, limpiarme la boca, lavarme la cara y los dientes y, finalmente, dar las consabidas vueltas a la corbata -cuyo nudo aprendí a hacerme con video de Youtube, porque no tuve quién me enseñara (¡snif...!)-, anudarla al cuello, ponerme el saco y guardar las llaves, la billetera y el celular y a la calle, a otro día, lunes-otra-vez-sobre-la-ciudad-la-gente-que-ves-vive-en-soledad, a los mismos papeles, a los informes, a los gritos de los jefes, a la vida de adultos para la que la gente se prepara tanto y que no difiere tanto de la vida del académico, ni en lo de la vanidad (por motivos distintos) ni en lo de los juegos de poder (igual de infantiles en ambos casos) ni en la angustia de la vacuidad ni en nada, un tiempo, iba diciendo, que pareciera infinito un sábado por la noche, cuando se tiene a disposición todo el domingo aún, y que por ello se preña al instante de promesas de cambio, pero que en verdad o nunca se aprovecha (nunca lo aprovecho) o resulta insuficiente. Renzo me dijo que nunca voy a escribir mi novela y lo más probable es que tenga razón.

Por el otro lado, ella. Siempre es ella, tampoco hay nada nuevo en esto. ¿Quién es ella ahora? Piel de bronce, pómulos enhiestos, labios rosados, pelo negro lacio hasta media espalda con cerquillo. ¿Contextura? Ligeramente ancha. ¿Senos? Pequeños. ¿Poto? Yo tengo más que ella. ¿Caderas? Casi nada. ¿Y qué te gusta de ella? Me gusta cómo se pone roja cuando se ríe. Me gusta el sonido de su voz, stream of water, gotita en la mayor. Me gusta su rostro, porque es guapísima. Me gusta su alegría su tristeza el cambio
me gusta cuando me mira después de unos tragos y se ríe después de que he dicho algo serio o
ininteligible, media risa detenida en exhalación y los ojos fijos sobre los míos, ojos negros
me gusta cuando me besa las manos, me gustó acariciarle los senos en el taxi y que luego me besara las manos
me gusta su timidez al besar, labios sobre todo y la lengüita apenas asomando
me gusta cuando se entrega y sentir que quiere acostarse conmigo, a pesar de que aún no lo hemos hecho, mi pobre verga cabeceando y a media asta (¡Ignazio...!)
me gusta cuando me escribe como loca y sin parar y me da la certidumbre de que sólo me escribe a mí
(me gustaba cuando me escribía como loca y sin parar, porque ahora no)
¿Y sin embargo?
Hoy la he estado esperando. Habíamos quedado para salir pero a las 5:00 pm me envió un mensaje diciéndome que no la hacía, dos caritas tristes :( :(. Ha estado ocupada y no le ha quedado tiempo. Hoy la he estado esperando.
¿Qué has hecho hoy?
La he esperado. Es todo lo que he hecho. Quemar horar viendo estupideces por la tele y por la computadora, esperándola. Me dijo que se liberaba a eso de las seis y que me mandaría un mensaje para encontrarnos. Hoy todo lo que he hecho ha sido esperarla.
¿Y cómo te has sentido?
Como montar en mi vida Esperando a Godot.
¿Deseas seguir esperándola?
No de ese modo.
¿Y qué es lo que deseas hacer?
Como lo que me dice mi amiga mientras compro cigarrillos. Pareces desesperado. ¿Desesperado? Sí, desesperado por tener una relación con alguien. Es normal, a veces pasa cuando una se siente sola: quieres estar con alguien a como dé lugar. Y eso se nota. ¿Te parece? Sí. Claro. ¿Entonces qué crees que debería hacer? No te muestres tan desesperado.Tómalo con calma.
Tómalo con calma. Pero yo creo que hay algo más.
¿Qué crees que es ese algo más que hay?
Creo que es otra forma de aplazamiento. Como cuando me digo: para escribir mi novela necesito conocer la historia del país. Entonces voy a la librería y me compro un libro de historia. Lo hojeo, leo las primeras páginas, subrayo. Y luego me canso y me pongo a leer una novela. Para no sentirme demasiado culpable, leo alguna novela ligeramente relacionada a lo que quiero escribir, lo que quiere decir que me pongo a leer la primera novela que tenga a la mano. Es lo que me ha pasado con La violencia del tiempo. La exagerada historia de una familia piurana. Pero qué novelón, querido. Es la segunda vez que he sollozado con un libro. La primera fue con la escena de Marcel ansiando el beso de la madre, tú sabes, cuando la madre está abajo cenando con el padre y unos invitados y Marcel, que se ha acostumbrado a que su madre le dé un beso todas las noches antes de acostarse, se pone ansioso porque sabe que ella no podrá subir esa vez por causa de los invitados, y Marcel conspira, llama a la criada y le manda un mensaje a la madre que ella responde con negativas, y se revuelca en la cama y no puede dormir y decide, como hazaña mortal, meterse en el cuarto de sus padres a esperarla porque no puede tolerar quedarse sin su beso, y cuando acaba la cena y los invitados se van y él asoma a la puerta extasiado y expectante a que suba la madre ve la sombra de su padre proyectada contra el muro subiendo las escaleras y piensa me cagué, piensa me va a castigar, y a pesar de que sabe que le queda tiempo y podría escabullirse de vuelta a su cuarto y ahorrarse la reprimenda se queda allí, se queda, no puede tolerar quedarse sin su beso, es imposible, es inaceptable, se queda y el padre lo sorprende y cuando la madre llega el padre se ablanda al notarlo tan nervioso, al borde de las lágrimas, y le dice a ella vete a dormir con tu hijo que mira cómo está, y ella, el colmo, le dice que no joda, que tiene que aprender, que es demasiado débil y maricón y que tiene que aprender a dormir sin el beso de su madre, habrase visto, y el viejo no jodas tú y anda a dormir con el chibolo que mira cómo está mujer, y Marcel duerme feliz, con su beso, con su madre, vuelta al vientre materno, Tristán diciéndole a Isolde que la casa a la que volverá cuando se muera es el vientre del que fue expulsado en el parto y toma mi mano, Isolde, volvamos juntos al vientre de mi vieja, todo tan freudiano y yo sollozando, sollozando con mi libro embadurnado de la luz que se filtraba por la ventana de la sala aquella tarde inolvidable que leí ese libro entre arrebatos y suspiros, diciéndome a mí mismo que no valía la pena volver a escribir después de haber leído el primer tomo de En busca del tiempo perdido. En fin, te decía que sollozé por segunda vez con la lectura del pasaje de la novela de Gutiérrez en que Martín Villar se mete al ataúd de su abuelo con la Mika, siendo niños aún, abrazándose a ella, y luego con el jueguito llevándolos a descubrir sus cuerpos, a descubrir el amor. El amor.
¿El amor?
El amor se ha vuelto otra forma de aplazamiento. Si yo me quedo esperándola, si me resisto a enfrentar la realidad
que no tenemos nada en común
que lo más es que estamos los dos tan solos
que ella necesita el cuerpo y el beso y la mano sobre su seno
mi lengua valiente desarmando toda timidez
mi lengua voraz que arrasa todo a su paso
y que son la lengua y la mano y no mi lengua y mi mano las de Julio Mestanza
y que yo soy el único ahí por ahora
y que no hay futuro para los dos considerando
que sus padres
que su hermana
que el trabajo
que mi edad
que mis inclinaciones
que mi decadentismo
que he fumado marihuana
que estudié literatura
y que los dos estamos tan solos
los dos
pero tan bonito es caminar
de la mano
y su respiración que se vuelve la mía
compartir el beso y el taxi
considerando que estoy perdido
que pierdo los papeles y mi rencor
mi resentimiento
mi negro y blanco y nunca gris
mis sueños y mi Tristán e Isolde
si me resisto a ver
que tampoco han sido su mano ni su lengua ni sus labios
sino la Mano
la Lengua
los Labios
de aquella que siempre
es Ella
y que no hay nada nuevo en eso
entonces
¿Entonces?
Entonces me doy cuenta de que el esperarla, el que el esperarla se vuelva lo único posible y no otra forma que tiene el tiempo de pasar mientras se hace otras cosas, no es otra cosa
otra cosa
que una máscara más de mi incapacidad de acción.
Como si esperara que ella solucionara todos mis problemas.
Como si necesitara de ella para ponerme a hacer lo que debo hacer.
Como si fuera imperativo tenerla, tenerla no a ella, sino a Ella, para poder sacarme los pantalones y la correa, la camisa y la corbata, y sentarme
sentarme
frente a la dichosa, proverbial página en blanco
en este sábado preñado de promesas
promesas de que realmente, sí, de que yo y nadie más, de que yo
y puedan surgir ustedes
puedan volverse palabras
notas musicales
iluminación dichosa
ustedes mis sombras y mis fantasmas puedan tomar forma
el chico despeinado de la formación que se da cuenta de que el mundo es ahora su conciencia
el salón de clases iluminado por un sol que desdibuja las formas
el caos y la materia y luego la voz
ATENCIÓN
poniendo las cosas en las cosas
o mi transexual creciendo entre cúmulos de basura
entre caminos de trocha sin asfaltar
mirándose al espejo y aborreciendo su cuerpo de hombre
los pelos que le salen de las axilas y del pecho
pelos puntiagudos como la esmirriada barba
mirando con deseo y envidia a las mujeres
y luego las tetas y la ardua decisión de si cortarse o no el miembro
mi transexual musa del rock en ciernes
y el espejo roto que transunta la imagen del oficinista
entre papeles y resoluciones y memoranda
deseando
la novela que es la historia del niño perdido entre curas y profesoras de verde
o la niña tatuada que es la ópera magnífica
en que se resuelven los deseos adolescentes de quien ha perdido a sus amigos
de su amigo que ha perdido a su padre
lo han parado los terrucos en la autopista y le han tirado un balazo
la historia de quien vuelve a Cajamarca
a buscar los rastros del abuelo
la historia del abuelo
que perdió el anillo de matrimonio en el fango de la playa
y que por puro amor lo volvió a encontrar
y luego se murió de un derrame cerebral
sin jamás haber escuchado o leído Pélleas et Mélisande
todos indefinidos
fantasmas que me acosan
exigiendo la forma cuya factura
se me ha impuesto como una suerte de castigo
yo que pude haber sido
administrador
contador
abogado
alfeñique de quienes ostentan el poder en el Estado
peón en el ajedrez de las altas torres
comodín en la intriga de los sillones de cuero
asesor detrás de las decisiones presidenciales
yo que pude haber sido 728
con catorce sueldos y CTS y vacaciones pagas
redondamente feliz
contentamente enamorado
con la novia del San Silvestre y el carro del año
logístico transando con los proveedores con buena pro
contador metiendo el dedo en los pagos millonarios
tesorero girando cheques en blanco y sonante
y luego administrador
jefe de jefes gritando
o lo haces o ahí está la puerta
toda la gente a mi cargo
jefe de unidad ejecutora
secretario general
ministro
y que
a mis 27 años
sin embargo y con embargo
me ha tocado padecer mis sueños
temblar en el embeleso
y leer a Proust
los cuentos de Joyce
el nunca bien ponderado Adán Buenosayres
los poemas de Gérard de Nerval
y al hermoso Rimbaud
signando
mi destino.

***

¿Qué es lo quieres?

No me importa la vida. No me importa esta vida.

¿Qué es lo quieres?

Esta vida de tiempo fragmentado y repetitivo.
Quisiera olvidarme
del nudo de la corbata.
Pero de ahí, ¿quién me mantiene? ¿Mi vieja? Mi vieja tiene 60 años y está sorda de un oído.

¿Qué es lo quieres?

Quiero verte a los ojos y llorar.
Pero he renunciado a todo decadentismo. No más decandetismo.
Porque el decadentismo es lo mismo que escuchar de adolescente a Staind.
Me da asco la autoconmiseración, que no es otra cosa que una forma de mendicidad.
Estoy harto de ser mendigo del amor de los otros.
Estoy harto de la falsa modestia.
Basta de sentir un placer banal y ególatra en el fracaso.

¿Qué es lo quieres?

Quiero verte a los ojos y llorar.
Quisiera abrazarte
seas quien seas
sea quien me toque que sea
quiero abrazarte
mirarte
quiero abrazarte y llorar a moco tendido
llorar mares
porque no lloro hace tantos años
y me hace tan mal no poder llorar

¿Qué es lo que quieres?

¿Y si te hubiera dicho que no importaba
si no había un mañana
que no importaba seguir saliendo contigo
y te hubiera llevado al hotel
cuando me diste la oportunidad de hacerlo?
They were tears coming out
of the tip of my penis.

¿Qué es lo que quieres?

BASTA.

¿Qué es lo que quieres?

Me gustaría morirme.
Cuando te vi, Catalina,
tatuada y tetona con el top de Popeye,
me diste asco.
Me diste asco y quise eyacular en tu cara
en tu lengua
en el interior de tu ano.
Ahora que ya ni quieres escuchar mi nombre,
que cambias de tema cuando se me menta,
¿qué más me va a importar?
Yo quise lamerte las heridas de tus cortaduras.
Cada vez que te llamé no fue por otra razón que para acostarme contigo.
Quise usarte pero nunca pude reunir fuerzas
porque siempre me diste pena.
¿Te imaginas
si lo hubiéramos hecho
si te hubiera hecho (como te gusta a ti decir)
en mi cama
ese Viernes Santo?
Ya ni te acuerdas.
Yo te tumbé sobre mi cama
tomándote de las muñecas
preguntándote por qué
por qué
y tú te reías.
A ver si Sebastián te escribe
tan bien como yo lo hago.
A ver si Sebastián guarda
tanto semen
como yo he acumulado por ti.
Carne que no se toca,
quisiera morirme de sed hartazgo
traspapelarme en los pliegues de tu vagina
tú que nunca
pero nunca
y yo que
quisiera
morirme ahora.

¿Qué es lo que quieres?

Una novela plana, uniforme, hemigwayiana y aristotélica.
Aristocrática.
Mallarmeana -ma non troppo.

¿Qué es lo que quieres?

Quiero tocar el piano tocarte tocar desafinado arrimarte el piano

¿Qué es lo que quieres?

 BASTA.

¿Qué es lo que quieres?

Quiero llorar.
Quiero seguir bebiendo
y luego
el lunes
hacer como si nada.

¿Qué es lo que quieres?

Quiero reformar mi vida.
Quiero olvidarme de las Catalinas de todas las formas
colores
artilugios
palabras

¿Qué es lo que quieres?

Reformar mi vida sir yes sir thank you sir.

¿Qué es lo que quieres?

Quiero
sorber las formas y los colores
de la belleza que me rodea
porque hay belleza en los jardines del ministerio
porque hay belleza en las canciones que aporreo en el piano
porque hay belleza en la deseperanza sin autoconmiseración
porque hay belleza en los labios y la lengua tímida
tú que eres tan no-Patricia
tú que eres tan no-Mercedes
tú que eres tan no-Katherine
pero no quiero
tomarte como excusa
quiero que sigas con tu vida
y si sucede, sucede
no quiero esperarte
ni que me esperes
no quiero que se me rompa el corazón
si vuelves a decirme que no
ni resentirme contigo
si vuelves a salir con el hermano de la secretaria
o con otra persona.
No quiero
que trastornes tu vida
ni darte problemas.
No quiero
un amor insano,
no quiero me quieras cuando no te quiero
ni quererte cuando no me quieras.
No quiero
obligarme a no hablarte o a no mirarte.
No quiero
volver a perder un día entero esperando a que me llames.

Lo que quiero
es seguir la senda
de lo que se me ha impuesto.

Lo que quiero
es dar forma a mis fantasmas.

Lo que quiero
es ser virtuoso;
no quiero odiar más.

Lo que quiero
es dejar los papeles a un lado
y renunciar si es que mi trabajo
se interpone entre mi yo y mi obra.

Lo que quiero
por Dios Santo
por todos los dioses
por la inanidad
por la inmovilidad del mundo
por la vida de mis héroes
por la música que adoro
por mi madre
por mi abuelo
por todo lo que he aprendido a amar en este mundo
lo que quiero
es cristalizar lo que me ha sido dado
no desperdiciar más mis pobres habilidades
y aprender
y aprender
a no odiar
a ser pertinaz
y a escribir
todo lo que me haya sido dado
expresar
quiero seguir los pasos
horadados en la arena
sin encrapularme
sin oscurecerme
sin hacer daño a los demás
sin usarlo para aprovecharme del resto
y que solamente
sea
sin ser
otra cosa más
que lo que le haya sido dado ser.