domingo, 26 de abril de 2009

Pecas te dicen, y tu rostro es una noche nublada -de allí a pecadora hay un solo paso. ¿Qué digo, pez obtuso en el remolino del instante perdido, irremisiblemente perdido ya, decidido por unas manos quietas y una botella de agua? El colmo de la exageración, el querer, por pura mendicidad, triangular líneas. Digo querer, y parece como si se me fuera la vida en el verbo. Mis citas de Fígaro y tú mirando tu iPod. Una esquina nocturna, las cejas reverberando de confusión frente a una tienda de pinturas. Los ojos, transeúntes que pasan. Un mohín de conato pleuro. Una música barroca lejana, perdida entre los viñedos. Esa mirada, por Dios -el tremante de los labios. Esa mirada.

sábado, 25 de abril de 2009

Escribe Milan Kundera en La Inmortalidad:

Goethe... vivió en el breve período de la historia cuyo nivel técnico ya daba a la vida cierta comodidad pero en el que un hombre culto podía aún entender todos los instrumentos que utilizaba. Goethe sabía de qué y cómo estaba hecha la casa en que vivía, sabía por qué alumbraba la lámpara de queroseno, conocía el principio del catalejo..., no era capaz de operar él mismo, pero había participado en varis operaciones y cuando estaba enfermo podía entenderse con el médico con el vocabulario de un conocedor. El mundo de los objetos técnicos era para él comprensible y estaba del todo claro. Ese fue el gran instante de Goethe en medio de la historia de Europa, un instante que deja una cicatriz de nostalgia en el corazón de alguien aprisionado en un ascensor que tiembla y baila.
La obra de Beethoven comienza allí donde termina el gran momento de Goethe. El mundo empieza a perder gradualmente su transparencia, se oscurece, se hace cada vez más incomprensible, se precipita hacia lo desconocido, mientras el hombre, traicionado por el mundo, huye hacia su interior, hacia su nostalgia, hacia sus sueños, hacia su rebelión y se deja ensordecer por la voz de su dolorido interior hasta el punto de dejar de oír las voces que le interpelan desde fuera. (...) Se dice que [a Goethe] no le gustaba la música. Es un error. Lo que no le gustaba eran las orquestas. Le gustaba Bach, porque aún entendía la música como una combinación transparente de voces independientes, cada una de las cuales puede ser reconocida. Pero en las sinfonías de Beethoven las distintas voces de los instrumentos se diluían en una amalgama sonora de gritos y quejidos. Goethe no soportaba el vocerío de la orquesta, del mismo modo en que no soportaba el llanto ruidoso del alma. (p. 96)

Punto de inflexión. Northrop Frye, en La imaginación educada, afirma que el mito fundador de la literatura se halla en la historia de la escisión hombre/naturaleza: la expulsión de un Paraíso donde no sólo el hombre poseía todo lo que necesitaba, del que no sólo era dueño pleno, sino al que pertenecía enteramente: hombre y mundo como unidad indivisible. La nostalgia de ese mundo, el deseo de pertenecer, de regresar a esa unidad, inaugura todos los esfuerzos de la imaginación artística y funda, así, la literatura. Así podemos entender, por ejemplo, una simple metáfora en la poesía (digamos, "tus ojos son el sol": es evidente que los ojos de alguien no pueden ser otra cosa que los ojos de alguien -principio lógico esencial: X no puede ser Y y X al mismo tiempo-; el lenguaje, pues, se pliega hacia la recuperación de la unidad hombre-naturaleza, allí donde los ojos son también el sol, como hombre equivale a mundo), o la escena culmen del segundo acto de Tristan und Isolde, en la que los protagonistas, a través del amor, recuperan momentáneamente esa unidad en la que no hay individuos, en la que ambos se funden en un solo espíritu con el mundo:

selbst dann
bin ich die Welt:
Wonne-hehrstes Weben,
Liebe-heiligstes Leben,
Nie-wieder-Erwachens
wahnlos
hold bewußter Wunsch.

(Yo mismo/soy el mundo:/gloria suprema del ser,/vida del más sagrado amar,/sin despertar ya jamás,/dulce deseo conocido/carente toda ilusión)

Frye establece una especie de evolución histórica de la relación hombre-mundo en la que distingue varias etapas. En una primera fase, la más primitiva, el hombre no distingue una división entre su propio ser y el mundo; luego nace en él la curiosidad: observa, analiza, clasifica: el observador y su objeto de observación se escinden, y el hombre comienza a sentir ajeno el mundo, con una constitución distinta a la de su propio ser, constituación aún desconocida, aún por descubrir; en un tercer momento, a partir de la investigación de las formas de la naturaleza, el hombre comienza a crear sus propias formas, formas humanas con las que se siente identificado, formas que son manifestaciones de su propio ser, y que se dedica a plasmar sobre el mundo, en un intento de ligar el entorno con su propia subjetividad, de crear un ambiente al que sienta que pertenece: la creación, pues, de un hogar. Esta tercera etapa marca el nacimiento de las ciencias y el arte: el nacimiento de las formas humanas. Marca también el inicio del mito, la historia del querer-regresar a la unidad natural. La paradoja evidente es que el mismo deseo que promueve el desarrollo del arte y de las ciencias -esa nostalgia del Paraíso- aleja cada vez más al hombre de sus sueños de regresar a la unidad, es decir, lo impulsa a crear formas humanas -formas artificiales- cada vez más complejas y refinadas, las que, como consecuencia, ensanchan progresivamente la brecha que lo separa de la naturaleza.

Pero hay un quinto momento en esta historia, que Kundera ha sabido identificar con precisión. Llega un punto en el que la técnica alcanza tal nivel de desarrollo, que le es preciso ramificar y especializar su conocimiento, pues el contenido de cada rama es tan vasto que excede las capacidades de único individuo. Sucede entonces que el mundo de las formas humanas, la patria artificial que hombre erigió para colmar ese vacío de no-pertenencia, no-identificación con el mundo, comienza también escapársele de las manos: se renueva el mito: el hombre es desterrado una vez más del mundo que creyó suyo, del que construyó para sí mismo. El hombre nuevamente se ha quedado sin hogar.

Es este el mundo al que alude Kundera, el mundo que va desplazando a las viejas generaciones, el mundo del que Goethe se siente espantado, que ya no comprende y al que, en fin, ya no pertenece: el punto de inflexión, el nacimiento de los ferrocarriles, la música de Beethoven, la división del trabajo, la sociedad de masas, las especialidades y el capitalismo. El nuevo mundo que ya no alcanza a comprender el individuo. El nacimiento de una nueva fe, en la que el Misterio ya no es propiedad de Dios, sino de la organización del mundo en el que vive el hombre, cuyo avance escapa su voluntad, y ante cuyo funcionamiento sólo puede resignarse. Y, claro está, el nacimiento de una nueva sociedad y la expansión de las ciudades: el nacimiento de una nueva clase de soledad.

Una nueva unidad. Hoy me he despertado con la intención de terminar con todos los textos para los parciales. Naturalmente, no lo he cumplido: me quedé leyendo Don Quijote y las lecturas -Dios, son tantas-, bien gracias. Ya se acaba el día -¡ay de los sábados y la necesidad socialmente impuesta de salir, y la correspondiente tristeza de su imposibilidad!-, y en vez de hacer mi tarea me pongo a escribir en mi blog. Great. Me desperté a las ocho para avisar en mi chamba que no iba a ir ni hoy ni mañana -el pata se sorprendió ("¿tampoco mañana?"); sólo espero que no me boten, aunque les dejé claro que era por los parciales-, y cómo ayer, también por leer el Quijote, me desvelé, y mi cabeza no estaba para meterle al Antijovio o a Walter Benjamin, me puse a hojear los periódicos hasta que me diera sueño de nuevo. Power nap, le llaman (aunque no sé si aplica para los momentos inmediatemente posteriores al despertar). Abro la edición de Somos que viene con El Comercio, tentado por las curvas de la prostituta brasileña que se acostó con más de 5000 hombres -siempre me ha llamado la atención que las chicas que pretenden inspirar sensualidad salgan en las fotos con la boca abierta; supongo que es un ademán que las hace parecer indefensas, aunque la mayoría de veces sólo las hace verse como idiotas-, leo el artículo, me digo a mí mismo "pobrecita" cuando me entero de que está tan cansada del sexo no convencional que ahora sólo disfruta de la posición del perrito, y en fin, llego a este artículo sobre un tal Raymond Kurzweil, y tras exclamar "¡chucha, el de los sintetizadores Kurzweil!", le echo una mirada. Punto aparte de que Kurzweil (inventor, científico y Nostradamus posmoderno) es parte de ese grupo de personas que le tiene pánico a la idea de morirse -y con bastante razón- y dedica toda su vida a atrasar su muerte a través de ejercicios, dietas y demás cosas, el científico tiene la ventaja de haber esbozado toda una teoría -o, más precisamente, un vaticinio- del fin de la muerte y el nacimiento de un nuevo hombre para darse esperanzas de vencer en su batalla. Aval no le falta: el hombre predijo a principios de los noventa el nacimiento del Internet y de los archivos virtuales (curiosidad borgeana: este mismo acto que ahora ejecuto, el de escribir en mi blog, forma parte del sueño de la misma persona sobre la que ahora escribo). Su nueva predicción es mucho más ambiciosa, pues se extiende hasta el final de este siglo.

Kurzweil afirma que para el 2030 la ciencia estará tan avanzada que será capaz de recrear el funcionamiento del cerebro humano. Poco después, la técnica superará este funcionamiento -el momento que se ha dado en llamar "Singuralidad"-; las máquinas tendrán vida y hasta derechos legales (nos pedirán que no las apaguemos y que las tratemos como personas), podrán pensar y sentir como lo hacen los hombres. Para el 2050, según Kurzweil, podremos implantarnos neuronas computarizadas y poner fin a enfermedades como el Alzheimer o el mal de Parkinson; la realidad virtual, hoy prácticamente en pañales comparada con el futuro, transmitirá la totalidad de sensaciones que nos brinda el mundo. El año 2099 marcará el fin del homo sapiens, será el momento en que hombre y máquina se fusionen en uno solo y nazca una nueva clase de hombre, el Homo Cyborg:

La carne será una carcasa susceptible de ser reemplazada. Usaremos órganos artificiales de repuesto y la falta de memoria no será más un problema. Como si fuera un disco duro, nuestra mente será robustecida con chips de memoria y nuestros recuerdos podrán ser guardados eternamente... El posthumanismo nos llevará a ser inmortales. Morir será una decisión personal. (p. 34)

El mundo de Kurzweil conforma un quinto punto de quiebre en nuestra pequeña historia del hombre, y la inauguración de una sexta etapa en su relación con el mundo: será -si sucede- el momento en que el hombre vuelva a ser amo de las formas humanas, o dicho más precisamente, en el que hombre y forma serán uno solo. También será el momento en que el hombre se despida de su sueño de volver a la Naturaleza, por haber excedido sus capacidades (las de la Naturaleza). El mito llegará a su fin.

Ahora bien, si aceptamos la teoría del mito fundamental de Frye, y concordamos con él en que todo arte se funda en ese deseo primordial de reunirse una vez más con la Naturaleza: ¿qué lugar tendría el arte en el mundo de Kurzweil? ¿El arte siquiera existiría en este mundo? ¿Y qué sería, para ir poco más lejos, de la sociedad y la relación entre los hombres? Toda relación humana se basa en la carencia: buscamos en el otro lo que a nosotros nos falta. A su vez, toda comunicación se basa en las relaciones humanas, por lo que podemos concluír que también se fundamenta en la carencia. En un mundo de hombres-máquina, donde todos sus habitantes son plenamente autónomos -hasta el punto de poder controlar su propia muerte-, ¿existiría realmente un deseo de comunicación, de hallar la plenitud en el otro? Tomemos en cuenta el factor de la realidad virtual. La literatura -y con ella, todo el arte- nació para colmar un vacío, para transformar una realidad insatisfactoria, por medio del lenguaje, en algo, no digamos feliz, pero pleno de sentido. En la literatura los hombres no mueren en vano, ni yerran ni se pierden por ningún motivo. ¿Qué sucedería si esta misma capacidad, don innato de la literatura y del arte, la capacidad de crear experiencias humanas alternas, se desplazara a la realidad virtual de la técnica? ¿Si Don Quijote tuviera la capacidad de desfacer yerros y enderezar tuertos ya no en una realidad en la que sus proezas son burla, sino en un mundo creado por sí mismo que satisficiera todas las exigencias de los libros de caballerías? Frye nos dice que el sentido de la literatura está en su capacidad de hacer soñar al lector, de hacerlo imaginar mundos posibles, y con ello impulsarlo a la creación de una realidad que satisfaga las verdaderas expectativas que, como hombre, tiene de su propio mundo. A trabajar, pues, con la visión de un mundo soñado, entrevisto entre los libros, en la construcción de un mundo mejor para todos los hombres. ¿Qué sentido tendría la literatura, qué sentido el arte, en el mundo de Kurzweil, donde la muerte no existe y en el que todo hombre-máquina es capaz de crear su propio mundo, dándole la espalda al resto de los hombres? ¿Qué validez ontológica, qué moral tendría esta realidad en la que el hombre, acaso, pueda alcanzar la felicidad? ¿Sería esta una felicidad verdadera? ¿Es éste el retorno al Paraíso, o dicho de mejor forma, el nacimiento de un nuevo Paraíso, el del individuo solo frente a una realidad maleable a su gusto, pero, de cualquier forma, falsa?

domingo, 19 de abril de 2009

Of course it always comes to this. Me staring at the walls, watching my memories go by, sipping wine in a nice, cold-as-fuck transfiguration of my dreams. My brain swaping, lost in translation. Of course. Every bloody thing just melting down as I suck dry my zigs, one after the other. Transfiguration of the mind; forms that I cannot yet control. Swaping as I try to grab all the visions, as I crawl towards them, gripping them so they won't dissolve. Memory. Such a nice laugh.
Et ton regard hunting me down as I fuera un puto perro.
Mirando a través de las ventanas. Óxido de un foreseen presentimiento.
En me promenant entre la disonancia y el espanto.
And todo sense drifting hacia les rideaux, vidrio et wine, lucidez del pensiero.
Todo instante imperecedero, toda memoria translúcida.
Arco y labios, gruta y tormento.
The knowledge that I have yet to obtain.
And the meaningless hamster-like trot between dark and insomnia.

viernes, 17 de abril de 2009

Ah.

Es casi como si, como si. I mean. Casi. Y el abismo entre la confirmación y la duda se abre cual eternidad. Ya no se trata de si what if I did o what if I didn't. Es el recuerdo puro. La imaginación doing its work. Zumba la flecha hacia la estratósfera. Casi pareciera como si todo tuviera sentido.

Todo su. Plegándose de mil maneras, mil argumentos infinitos. La gloria del autor, configurando todo con la medida dramática perfecta. Penetrando el tejido real hacia la totalidad de las formas. Punzante, agudo. Perfecto.

Transformación del pasado. Reverberación en una hélice de unfulfilled desire.

Manifestación de las formas a través de la imaginación desbordada.

Un día de otoño, las pistas mojadas. Un McDonald's albergando a un montón de gente perdida. Hacia allí, cerca de donde, a la esquina; allí, entre los raincoats, mi sombra apuntando hacia el vacío. Más allá, y todo se queda en la nada.

Casi como si.

Ya estoy allí. Sumergiéndome en esos pozos negros, tejiendo un cromático entre dos golden fences. Más al sur, la ribera. El descanso primordial. Dos alas como rosicleres abren paso hacia la gruta infinita. Me asiento entre el peñasco y el límite de la trocha. Quisiera morirme allí.

Morirme en una paz extática.

Más hacia el Este, la vida sigue tal cual la prefiguraron las gentes de mala sangre. Hay edificios que no tienen fin. Entre ellos, hacia el parque, frente al falo más famoso del mundo. Cines descomunales. Un papel en cuya espera, a veces, se me va la vida.

La caligrafía de un amor literario.

Ah, de esa ribera. Beber hasta la muerte de mi propia fantasía. Pulverizar toda realidad inadecuada. Irme del pueblo a leer y vivir solo.

Y alimentarme para siempre de una literatura vacía.

jueves, 16 de abril de 2009

The beauty of the English language

¿Recuerdan el rollo de "Pagafantas" y cómo en el español no tenemos ciertas palabras cuya ausencia es inexcusable? Es doloroso -tremendamente doloroso- aceptarlo, pero el inglés, ocasionalmente, llena esos vacíos. Ya no sólo se trata de los clásicos como "evening" o "awkward": carajo, ¡tienen palabras que son tan específicas que ya resultan un escándalo! Puesto que en estos días estoy viendo cierta sitcom inglesa -y que probablemente sea la mejor sitcom que he visto en mi vida- y parando el video a cada bloody minuto para buscar British slang en Wordreference -y con ello aumentando mi pobre vocabulario-, inauguro ahora una nueva sección en el blog, la que llamaré "The beauty of the English language". No garantizo que vaya a encontrar especímenes tan radicales como el que estoy a punto de presentar, pero en fin, I'll do my best. Sin más: "Fluffer".

Fluffer
n. A person in the adult entertainment industry whose job it is to give male porno stars blowjobs in order to get them ready to perform.
Ex. -I really need to become friends with him, and given that you are more of a fun sort of guy than me...
-So I'm gonna be the fluffer, is that it?


domingo, 12 de abril de 2009

In Bruges


You can’t kill a kid and expect to get away with it. You can’t. You just can’t.

El año pasado escribí una reseña -mala, de seguro- sobre una de las obras de Martin McDonagh (Londres, 1970) que en ese momento se montaba en La Plaza. No era la segunda obra de McDonagh que se montaba en Lima: un tiempo atrás se montó The Pillowman (El hombre almohada), cuya dirección estuvo en manos, también en esta ocasión, de Juan Carlos Fisher. Pues bien, no hay más montajes del londinense (o irlandés -hay toda una polémica sobre eso) estrenándose en estos días, pero lo que tenemos, sí, es una nueva película -McDonagh, como otros dramaturgos, se ha volcado hacia el cine, según dicen, para no volver-, no la primera, por cierto, y que tampoco es tan nueva, a decir verdad (yo me enteré de ella por una nota en el Perú21 de ayer), pero como sea, la tenemos. O la tengo, y la acabo de ver. En In Bruges (literalmente, "En Brujas", y NO "Unas vacaciones diferentes" -what is it with the bloody Spanish translations of English movies/books/etc. titles?) están allí todas las trademarks de McDonagh: el humor negro -and I mean negro negro-, los personajes extremos -como en El Teniente de Inishmore y en El Hombre Almohada, los protagonistas de In Bruges son asesinos-, los baños de sangre. La violencia en primer plano; la violencia como método de exploración de la regiones más terribles del ser humano; y, desde luego, la risa en medio de toda la sangre. Tenemos todo eso, he dicho, pero en In Bruges todos estos elementos se combinan con una agudeza, un genio excepcional. Si las obras ya mencionadas McDonagh nos sorprendía, sobre todo, por anudar el elemento cómico a las situaciones más violentas (o las más políticamente incorrectas) para dejarnos con una suerte de mueca a caballo entre la carcajada y el espanto, In Bruges nos lleva más allá. Más allá, en la medida en que el elemento risa está empotrado ya no en escenas; la risa ya no es situacional, de circunstancia (en El Teniente... era la suma de muchas risas "anecdóticas" la que nos daba esa alquimia horror-carcajada); en In Bruges la risa está en el mismo núcleo de la trama. El artefacto de relojería que ha creado McDonagh recurre, como es de suponerse, a la risa anecdótica, situacional; sus elementos, sin embargo, se dirigen todos hacia ese núcleo, ese final en que el todo fits in perfectly, ese final en que McDonagh logra -carajo, ¿cómo lo ha logrado?- hacer una suerte de justicia perfecta a sus personajes por medio de un gag. Un gag de un humor sórdido (el espectador siente una doble culpabilidad al reírse: la que proviene de lo que podríamos llamar "humanamente incorrecto" -con disculpa de los sociólogos- y de lo "políticamente incorrecto"), cierto, pero un gag que es como mazazo de juez en el universo de sus personajes. Esto marca una gran maduración en nuestro ahora director y guionista de cine. McDonagh ha logrado hacer de la risa fundamental. Una carcajada que, como en sus obras anteriores, se ríe de su propia miseria, de su propia violencia, de sus prejuicios, y con este movimientos de espejos logra desenmascararse a sí misma y dar -ironía extrema- un mensaje de paz. Ser pacifista a través de la violencia: eso ha logrado McDonagh. O eso había ya logrado antes, pues el mérito de In Bruges es plenamente artístico. Su arte ha alcanzado otro nivel. Y nosotros, los espectadores, no podemos hacer otra cosa que reírnos -a la vez que nos sentimos culpables- y querer más.

Trailer (muy malo, por cierto):


viernes, 10 de abril de 2009

"Pagafantas"

Dale, llego con un poco de retraso (como a todo) al término, pero de todos modos vale la pena hacerse eco de las ajenas voces, aunque sea a destiempo, si de lo que hablan resulta medianamente interesante. "Pagafantas". Vocablo nacido en España, que promete volverse conocidísimo -sea en esa forma o en sus variantes- por lo exacto de su significado. Pero bueno, ¿qué carajos significa? Citando un artículo de El País de un tal Borja Cobeaga:

Se basa en una figura que ha existido toda la vida pero que hasta ahora no había tenido un nombre tan claro. Nos referimos al amigo de la chica. Al chico que está todo el día pegado a una muchacha y que la consuela, la acompaña, la mima pero no tiene ninguna posibilidad sentimental y/o sexual con ella. Él quiere algo, pero ella le ve como un amigo, como un hermano.

Mierda. ¿Cómo es que nuestro idioma no había creado un término para una cosa tan obvia? Acaso tan obvia también sea la etimología de esta palabra: "Pagafantas" es el que, literalmente, paga las Fantas. El patita al que la chica llama cuando le han roto el corazón, sin saber que con esa llamada le parte el corazón al pobre diablo. La chica al que el pobre diablo acompaña a comprar al centro comercial, a la que ayuda el pagafantas a recoger sus libros o su mochila sin que ésta, ¡ay!, lo deje de ver como el buen amigo que es. ¿Si me ha pasado alguna vez? Hell yeah. He estado en ambas riberas, y como dice el tal Borja, cuando estás adentro es una mierda y cuando estás afuera es más bien gracioso (y, si tienes un poquito de corazón, también fuente de culpabilidad). Puedo pensar en al menos dos amigos que ahora mismo son pagafantas, y otros tantos que han dejado de serlo recientemente. Y ustedes, lectores (los cuatro gatos que leen mi blog), conocerán a muchos más. Sin ir más lejos, el pobre Werther era un pagafantas. ¡Ah, el pagafantas de Werther! El paradigma es francamente infinito: estuvo allí desde que se inventó el amor, y seguirá allí hasta el final. Ojalá que importemos el término -o inventemos otro por nuestra cuenta-, que bastante falta nos hace. Videíto para terminar el post: